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Casinos Indios para jugar

Cuando pensamos en Estados Unidos y en los estadounidenses en general, hay una serie de eslóganes que parecen siempre estar presentes: crisol, ensaladera, ciudadanos que se consideran mitad norteamericanos mitad de otro lugar del mundo, ciudadanos que se encuentran enraizados 100% con su lugar de nacimiento, etc. La identidad étnica norteamericana es ambigua teniendo en cuenta una profunda convicción de los Estados Unidos. En ningún lugar se puede constatar mejor que en el censo nacional que vio la luz hace unos pocos años. Sin duda, este documento es un producto de la historia étnica de Norteamérica.

Los últimos años han sido testigos de un espectacular desarrollo en la identificación étnica. La gente ha buscado en los últimos confines de sus árboles genealógicos para encontrar la sangre de indios americanos corriendo por sus venas. Muchos de ellos esperan estar emparentados con alguna tribu. Algunos han ido aún más lejos buscando a gente cuyo ancestros pudieran haber pertenecido a la misma tribu. Esto no tiene relación alguna con una búsqueda nostálgica de las raíces autóctonas norteamericanas; más bien tiene que ver con el hecho de que los indios americanos tienen el derecho de ofrecer y operar con centros de ocio y juego en sus reservas.

Este desarrollo es una de los mayores ironías en la historia constitucional y legislativa de Estados Unidos. El artículo I de la Constitución expone que “el Congreso tiene licencia para regular el comercio de las Naciones Extranjeras y de las tribus indias.” Obviamente, los indios americanos están bajo control jurisdiccional del gobierno en lo tocante al comercio, a pesar de su entidad estatutaria soberana. Los indios americanos encontraron una suculenta laguna jurídica en el juego que naturalmente hace uso de las limitaciones y posibilidades de la reserva. La reserva no está bajo la jurisdicción de las autoridades locales o estatales lo que viene a significar la exención de todo tipo de impuestos locales, estatales o federales. A raíz de todo esto, el juego se ha convertido en uno de los primeros instrumentos reales descubiertos por los indios americanos que les ha reportado dignidad e independencia económica sin la ayuda del gobierno federal.

Esto, sin embargo, es algo que ha causado mucha controversia. En 1983, la tribu Cabazon situada en la reserva Sur de California, abrió su primer gran bingo. Otras tribus le fueron a la zaga, creando de este modo mucha más polémica entre las tribus y el estado federal por razones indudablemente obvias. El juego es un modo eficaz y probado de generar ingresos sin impuestos, y como esto sucedía dentro de los límites de una reserva, no tenían la obligación de dar cuenta de ello. El volumen de negocios resultante del juego se sitúa entre diez millones y mil millones de dólares. Los casinos indios norteamericanos, por tanto, son una industria floreciente. Las reservas de los indios norteamericanos ofrecen casinos, bingos, juegos y centros turísticos al mismo tiempo que ofertan otro tipo de servicios como hoteles y restaurantes.

El juego es un gran negocio para los nativos americanos; algunos de los casinos de las reservas se han convertido en los más rentables del mundo. Es indudable que los indios americanos han contemplado las posibilidades económicas de los casinos a pesar de sus intentos de arraigar el juego en sus raíces culturales. Mucha gente piensa que el juego siempre ha formado parte de su cultura y que así debería seguir. Los nativos americanos consideran el juego como parte de su cultura y parte del ciclo de la vida, muerte y resurrección. Asimismo, toman el juego como algo beneficioso que fortalece la salud de su cultura tribal. Más allá de todo esto, ellos rechazan los estereotipos argumentado que, pese al abuso de todo tipo de sustancias y alcohol en las comunidades nativas de juego, un gran pellizco de lo recaudado se destina a la comunidad india y a organizaciones benéficas que luchan contra todo tipo de adicciones. No hay duda de que esto es una verdad práctica y un argumento fútil con el fin de encontrar la legitimidad cultural y conciencia social necesaria para justificar una industria en auge.

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